miércoles, 4 de mayo de 2011

La Viuda de Ismael

Con la publicación de este relato, elaborado por nuestro compañero Johnny Campo, retomamos nuestra sección "El cuento en cuestión". La intención de esta consiste en presentar textos previamente leídos en el Taller y, por tanto, ya objetos de al menos una revisión y, a continuación, hacer el taller de una manera virtual. Es decir, se trata de que los integrantes propongan sus comentarios con la intención de que el compañero o la compañera que ha creado el texto, los revise y valore en aras de que se enriquezca lo mejor posible. Es importante tomar en cuenta los elementos que deben revisarse: La originalidad del argumento, la trama o pertinencia del orden en que se nos presenta el relato, la propiedad de narrador escogido, la construcción de los personajes, el manejo y desarrollo del ambiente (tiempo y espacio), contundencia y originalidad de los recursos literarios (metáforas, símiles, etc.) y el lenguaje (la propiedad léxica, el orden de las frases y párrafos, la ortografía, por ejemplo). Los comentarios pueden referirse a alguno, varios o la totalidad de los aspectos citados. Esperamos entonces sus aportes.

Por Johnny Campo


Hoy me fugué. Si bien mi cuerpo, memoria y autoestima se han desgastado gradualmente con los noventa y pico años de vida que llevo encima, todavía me queda la costumbre, o más bien el último impulso, de celebrarle el cumpleaños a Ismael, mi difunto esposo. Con ese propósito desperté, sin importarme que aquello implicara un escape y una visita secreta al cementerio.


Salir del apartamento fue, casualmente, más fácil que salir del edificio. Mi hijo, el solterón, no fue un obstáculo porque se había ido temprano y sin despedirse, como de costumbre. Amparo, la que me cuida, quedó noqueada con una pastilla que le deslicé en el café. Pero el jovencito que cuida el edificio presentó un reto. El muy atrevido no quería conseguirme un taxi.


-Sería una irresponsabilidad de mi parte-dijo.

Pero un billete bastó para convertirlo en un alcahuete. ¡Pobrecito! A esa edad solo se piensa en dinero para el fin de semana.


En el taxi iba incómoda. El conductor no paraba de mirarme por su retrovisor. ¿Qué habrá pensado ese señor? A lo mejor nunca vio antes a una anciana tan anciana. De pronto sintió asco por las miles de manchas que han invadido mi piel. Pero creo que, más bien, le preocupó que su carrito estuviera quedando hediondo a viejo.

Es que a veces ni yo misma aguanto el olor a cuero humano percudido. Por culpa de la artritis, cosas tan sencillas como ir a la cocina o ponerme unos zapatos resultan increíblemente dolorosas. Pues bien, me resulta aún más difícil limpiarme las ranuras entre los cientos de pellejos colgantes que tengo.

El taxi me dejó en la entrada del cementerio. En ese momento mi cerebro arrugado me alertó algo: ¡no recordaba cual era la tumba de Ismael! Entonces me quedé asustada solo mirando el de pasto, flores y lápidas. Finalmente empecé a caminar.


El dolor de la rodilla empezó a los pocos minutos. Después me atacó el dolor de la cadera. Pero, como no había bancas cerca, seguí caminando parsimoniosamente.

Durante el recorrido vi tantos sepulcros que hasta me puse un poco triste recordando tantos seres queridos, aparte de Ismael, que he enterrado durante esta larga vida. Sin embargo, Ismael, quien ya nadie recuerda, es el que más extraño. A pesar de haber sido un desgraciado en más de una ocasión, también fue capaz de hacerme feliz en muchos momentos.


Continué andando. Con la sed que tenía, la boca ya me sabía al plástico de la dentadura postiza. Caminé, caminé, caminé. Ya hasta parecía que me arrastraba cuando finalmente di con Ismael.

Así llegué aquí. Ahora tengo la lápida de Ismael enfrente. El césped verdecito que cubre su sepultura parece un tapete. Empiezo a cantar “Feliz cumpleaños…”. Aunque ya no aguanto el cuerpo, ¡cómo me alegro de estar aquí! Amparo seguirá dormida. A lo mejor, una vez el jovencito que cuida el edificio se confiese, mi hijo vendrá a buscarme. Pero eso será cuando él se desocupe. Por lo pronto me acostaré en este tapete a descansar.

4 comentarios:

Patricia dijo...

Me gustó el cuento. El tema de la vejez siempre tiene su encanto en la literatura. Además está el amor, la viejita recuerda al marido muerto con "la memoria del corazón" como diría Gabo.

Algunas sugerencias sobre el lenguaje: "...que su carrito estuviera quedando hediondo a viejo" no suena bien, hay que buscar una mejor forma de decirlo.
Donde dice: "Entonces me quedé asustada solo mirando el de pasto, flores y lápidas". Parece haber una errata, falta una palabra, creo.

Daniel Llénobrac dijo...

Realista, creíbles las maquinaciones de la anciana. Buen relato. Sólo me quejo del final, que pudo haber sido, sin exagerar, mil veces mejor. La cúspide emocional -a mi parecer- se presenta cuando la viuda de Ismael canta el Feliz Cumpleaños. El cuento debió haber terminado -reitero, a mi parecer- una o dos líneas después, en un final casi metafórico, abierto, reflexivo, y no tan humano, como el ponerse a descansar.

En fin, buen relato. Sólo una opinión (:

Saludos.

Anónimo dijo...

Me gusta este cuento aunque me parece que se exageran los achaques de la señora, en ocasiones suenan muy despectivos de la vejez en general. ME gustaría saber más de la vida que ella tuvo con Ismael. En la frase donde el portero se dirige a ella podríamos conocer su nombre, eso me gustaría. También me gustaría saber más detalles de su vida actual en la casa de su hijo. En todo caso muy buen cuento, la historia conmueve y el personaje es creíble aunque sí que tiene baja autoestima.

Claudia

chaplim1 dijo...

Personalmente me gustan mucho los cuentos cortos, pero me gustan mucho más con finales impactantes y en este caso hizo falta ese detalle. A mi parecer, apruebo los comentarios de mis compañeros, pero también podría considerar que el cuento es bueno, muestra realmente la descripción de nuestros abuelos que aunque no sean todos la mayoría cargan con ello. Buen intento...