jueves, 7 de abril de 2011

Una sesión muy leída


Con este texto, elaborado por uno de los más jóvenes integrantes del Taller, recientemente vinculado, retomamos nuestras bitácoras. La temática concernía a la importancia de la lectura en la formación del escritor y, bueno, esperamos continuar juiciosamente con este ejercicio semanal, sin perder la brújula.




Tercera sesión

(2 de abril de 2011).

Por Daniel Carbonell Parody

Aquella tarde, a eso de las 2:10 p.m., fuera del salón nos encontrábamos Rubén Darío, Charles y yo. Hablábamos de lo cuantioso del premio por el concurso de La Cueva que, sin decirlo, considerábamos también irreal. Comentamos vagamente sobre la lluvia que inauguró abril en cierto sector de Barranquilla, y, luego del reposo por el calor, nos zambullimos, junto a los demás talleristas, al frío del salón.

Adolfo, que dirigió y enfocó lo tratado en la sesión, se había adelantado y tenía escritas en el tablero unas cuantas líneas de un plan. Entre ellas una verdad innegable: para hacer literatura, hay que leer literatura. Lo mismo que para hacer un mapa se deben tenerse nociones —qué importa si mínimas, pero tenerlas— del dibujo, de la ubicación y de la lógica. En otras palabras, hay que conocer, reconocer, alimentarse, volverse a alimentar y, finalmente, hacer digestión (metáforas en cápsulas son vitamínicos y favorecen la asimilación de lo ingerido).

El primer escalón fue el texto "Felicidad clandestina", de Clarice Lispector, que cuenta las mini-desventuras consecutivas —mas no eternas— de una niña amante de los libros que se ve flagelada por la negativa de su compañera de estudios, una niña gorda, baja, pecosa e hija de un librero, que le promete un libro magistral para hacerla ir a su casa y nunca entregárselo, torturándola. Al final, la madre de la desalmada descubre la maldad de su hija y la sanciona, otorgándole a la narradora el premio a la perseverancia: el susodicho y tan aclamado pedazo de literatura.

Se habló, entre otras cosas, de la presencia de un profano (antagonista) y de un artista (protagonista). “Lo que ocurre con el personaje de Lispector evidencia la situación que debe enfrentar un creador en el comienzo de su formación, esto es, el choque contra un principio de realidad infranqueable. El abierto contraste físico y psicológico entre la pequeña narradora y la hija del librero parece ejemplificar esta oposición”. En literatura, el protagonista es uno y el antagonista un andén no visto, una taza de café sobre la camisa, un gato conspirador o hasta el precio mismo de un libro.

La temática tratada en la sesión referente a este texto fue sumamente enriquecedora y provechosa, por lo que el análisis se extendió el primer par de horas. Las interesantes teorías psicológicas, sociales y culturales propuestas por “esta pequeña alegoría” dan, de seguro, más de qué hablar. Y estos párrafos jamás dirán más que el texto y el análisis en sí.

Entonces el intermedio a las 4:00 p.m., entonces el convertirse en felinos salvajes —pero educados, ¿eh?— frente a la mesa del café, entonces el comentarnos de Isabel sobre ese libro que adornó su infancia pero que ahora, en su madurez, no considera tan bueno; entonces mi aprovechar la oportunidad y recomendar a Sabines con el abrebocas de "Te quiero a las diez de la mañana".

"Por qué leer los clásicos", del escritor Ítalo Calvino, era el título del siguiente texto a tratar. A medida que se hacía la lectura conjunta —un párrafo tú, amigo; un párrafo yo, gracias— se iba explicando y dimensionando cada punto del atractivo “decálogo más cuatro”. Las catorce definiciones se pueden clasificar en categorías o grupos, de los cuales considero más contundentes los dos primeros. Los clásicos poseen una trascendencia tanto individual como cultural. Tienen la cualidad especialísima de marcarnos, de dejar huellas como pasos de fuego, de trazar una suerte de camino.

Dice en particular Calvino que las relecturas de los clásicos en la adultez suponen un nuevo descubrir y un encontrarse con ignorados “detalles, niveles y significados más […]. Por eso en la vida adulta debería haber un tiempo dedicado a repetir las lecturas más importantes de la juventud. Si los libros siguen siendo los mismos (aunque también ellos cambian a la luz de una perspectiva histórica que se ha transformado), sin duda nosotros hemos cambiado y el encuentro es un acontecimiento totalmente nuevo".

Por otro lado, en cuanto a la trascendencia cultural de un libro —que según, se convierte en clásico—, nos dice otra vez Calvino que trae la estampa “de las lecturas que han precedido a la nuestra, y tras de sí la huella que han dejado en la cultura o en las culturas que han atravesado (o más sencillamente, en el lenguaje de las costumbres)”. Son, por tanto, joyas hechas de papel y tinta —presumiblemente—, tesoros. Está el caso de Cien años de soledad que sigue siendo, a pesar de los años, el mejor espejo donde podemos intentar, los latinoamericanos, explicarnos.

La pregunta final fue, por supuesto, "¿por qué leer los clásicos?" La respuesta no es otra que leer los clásicos, es mejor que no leer los clásicos.

Luego del fructífero análisis de los textos, algunos talleristas tuvimos la oportunidad de compartir nuestros trabajos —los que estaban pendientes: la tarea de la primera sesión—. Hubo sorteo. Adolfo pareció estar iluminado y sacó un cierto número de naipes, los repartió y los favorecidos recitaron en este orden: Fred, que obtuvo el as, leyó un poema sobre el enamorarse de la persona incorrecta —una asesina en serie, ¡por Dios!—; yo, un poema sobre los clichés y lo trillado; Charles, una historia desamorosa sobre una María a la que le entran tres balazos en la cabeza; Sofía —a mí me pareció prosa poética—, sobre los deseos pasivos de muerte y lo que se alcanzaría con ésta. Entonces llegó el profesor Silvera, entonces saludó y saludamos, entonces se sentó y procuramos que los ojos de nuestras espaldas no lo miraran.


Finalmente, fue el turno de la señora Ana Julia, que leyó una historia sobre el desbordarse de un Torrado desde su adolescencia hasta su adultez. Entonces comentamos y el profesor comentó, entonces los espasmos y el dar por terminada la tercera junta, maravillosísima. Nos levantamos de los puestos y empezamos a salir al compás de esa bulla de los pasos. Unos hicieron llamadas para planes after y otros fueron a sus casas, pero en cuanto a mí… no diré cómo terminó. Quizá me fui a no continuar con alguna actividad literaria, o a tocarle la espalda a alguien, o a esperar. ¡O a las tres! El caso es que se rió y me reí bastante.

4 comentarios:

Luz Arroyo dijo...

No fuí a la clase, pero con este texto me quedó claro lo que hicieron.
Me parece genial para los que no pudimos asistir porque uno se siente allí, es como estar sentado contigo que estas observando todo y participando de la acción.
Nos dejas ver cosas de la ciudad, del lugar en el que ocurren estos encuentros, el desarrollo de los mismos, de la gente y tú forma de vivirlos.
Se ve que te emociona y eso es algo que noto en este grupo. Son muy activos, tienen mucho para decir y aportar. Eso es muy interesante y emocionante, ver a tantas personas conectadas alrededor de algo.
Espero lo sigas haciendo, así cuando faltemos nos tomamos un cafecito virtual contigo y nos cuentas que pasó.
Estas en deuda con un cuento sobre lo que ocurrió después de la clase.
Saludos, Luz Elena

Matilde Villamizar dijo...

Bravo Daniel, es una delicia conocerte, tu juventud y tu interés por lo que te rodea, se pega claro que se pega. Reviví el maravilloso encuentro pasado. Lamento no asistir al próximo por la necesidad de viajar a Cartagena. Pero si haces la bitácora me doy por satisfecha: leyéndote sentiré que nunca falté. Graaaccciias

chaplim1 dijo...

Daniel. Cumpliste con la misión, mejor explicado no pudo ser. felicidades y la invitación a seguir transpirando...

Ana Julia dijo...

Una bitácora bastante ajustada al cuento de hacer cuentos.
Buén ejercicio Daniel, que siga fluyendo la palabra que nos reune cada sábado. Un espacio en donde la crítica se saborea y digiere porque es un vitamínico para crecer.

Saludos !