jueves, 18 de marzo de 2010

PROCESO DEL TALLER



Antonio Silvera Arenas

(Apuntes para responder algunas inquietudes de alguien que deseaba saber qué es un taller de literatura y mi visión particular del mismo, lo que, me parece, puede resumir la intención de las dos primeras sesiones llevadas a cabo este año con los nuevos integrantes del Taller Literario “José Félix Fuenmayor”)

Un taller es un espacio para construir, por eso supone un permanente proceso. No hay cabida en él para los límites definitivos. Su naturaleza es la exploración, el ensayo. Lo que no significa improvisación ni nada parecido. Al contrario, cada uno de los elementos para ensayar (llámense personajes, ambientes, descripciones, diálogos, narradores, tramas, focos, puntuación, poesía…) deben tratarse con rigurosidad. Para esto la materia prima está constituida por los textos de los maestros. Y aquí empiezan quizá las contradicciones porque he hablado antes de ausencia de límites, pero no puedo concebir un taller de cuento en el que en vez de leer a Chejov o a Borges, se opte por el libro de Juan de los Palotes.

Acaso, por esto, el primer deber del director del taller es mostrar al escritor incipiente los autores básicos. Incluso, una vez hecho esto, el guía del taller puede dar por cumplido esencialmente su trabajo. Con el norte trazado por obras fundamentales como Las mil y una noches, los cuentos de los autores medievales (Boccaccio, don Juan Manuel, Chaucer) y los modernos, que incluyen a Poe, Mauppassant, Borges y Chejov, una persona inteligente y abierta avanzará por la senda segura del género. Lo que le permitirá llegar a otros grandes y a discernir lo esencial en la creciente maraña de los muchos libros.

Como puede verse, entre los autores nombrados, solo aparecen dos de nuestra lengua. Pero esto no es un óbice para excluirla. A veces, el joven autor, obnubilado por la intemporalidad característica de las traducciones, olvida que todos los textos están escritos en una lengua precisa, lo que supone una ubicación real en el tiempo. Así entonces, el escritor no puede olvidar que el material con que trabaja es la palabra, la palabra propia, es decir, la que aprendió arrullado por la madre o quien haya ocupado su lugar.

Admitido esto, el guía del taller ha de enseñar a los aprendices la importancia de leer, leer siempre, y en especial a los autores más significativos de su lengua. En principio, en el género de su incumbencia, que, en nuestro caso, cuenta con aportes de Rubén Darío, Borges, Rulfo o Julio Ramón Ribeyro… No obstante, el autor incipiente debe reconocer desde el comienzo que la literatura es una sola y, tratándose de narraciones, allí está el gran Cervantes y su novela, todavía más grande que él. También contamos con los poetas. No se concibe un relato sin poesía. La poesía es el elemento sustancial de toda literatura y, si es un deber enseñar al cuentista las siete letras antes mencionadas del ABC en su campo, no lo es menos que el prosista, para serlo, debe conocer y apreciar la poesía. En nuestra lengua lo mínimo sería Jorge Manrique, San Juan de la Cruz, Darío, Martí, sor Juana, César Vallejo…

Siempre habrá también un espacio para los autores nacionales y los coterráneos en todos los géneros, por lo que el escritor no puede ignorarlos (José Félix Fuenmayor, Cepeda Samudio, García Márquez, Carrasquilla, J. A. Silva, Aurelio Arturo, Marvel Moreno…). Del mismo modo pasa con los autores extranjeros que han cultivado otros géneros (La comedia, La Ilíada, Moby Dick, Hojas de hierba, Las flores del mal, Macbeth…)

Y claro, está el punto de escribir. Nuestra principal razón de ser. Desplegar una frase o moderarla cuando sea necesario, reestructurar el orden del relato, valorar la conveniencia de una palabra, definir qué clase de narrador precisa la materia del relato, quitar o poner una coma. He ahí las principales cosas que debe aprender un escritor. Quizá la lección más importante en este sentido no esté en los ejercicios específicos sino en aprender a revisar lo que se ha elaborado, en desarrollar un criterio tal que el escritor llegue finalmente a desenvolverse en la soledad de su trabajo. Entendiendo siempre, eso sí (con Seamus Heaney), que su deber consiste en acreditar la vida y la poesía, en tender un puente, a través de su arte, para salvar las diferencias entre las puras e inermes verdades del corazón humano y la casi siempre hosca y decepcionante realidad.

1 comentarios:

j david dijo...

claro que si profesor, estoy de acuerdo con usted, en la medida que, los nuevos integrantes del grupo estamos alli con el fin de aprender bajo la critica reseñada.
teniendo en cuenta que estamos sentados sobre los hombros de un gigante y que necesitamos conocer los mas representativos autores desde el genero literario, para no llevarnos la gran sorpresa de creer que imnovaremos, cuando ya eso estuvo escrito.