martes, 5 de octubre de 2010

I Encuentro RENATA Zona Caribe



Entre los días 7 y 9 de octubre, tendrá lugar en la sala múltiple del Teatro Amira de la Rosa de la ciudad de Barranquilla el primer encuentro RENATA Zona Caribe. En él participarán la directora de la Red, Patricia Miranda Saldaña, los directores de los talleres de la región adscritos al programa e integrantes de los respectivos talleres, que se encuentran localizados en las ciudades de Rioahacha, Santa Marta, El Banco (Magdalena), Valledupar, Sincelejo, Providencia y Barranquilla.

El invitado especial del evento es el escritor catalán Vicenc Pages Jorda, quien dictará un taller de escritura creativa el día 8 de octubre. Este mismo día se presentará en La Cueva el libro Suenan voces, tercera antología de RENATA recientemente presentada en la Feria del Libro de Bogotá, evento en que los autores de la región seleccionados leerán sus textos junto al escritor invitado.

Bienvenidos amigos y amigas de RENATA Caribe.

viernes, 17 de septiembre de 2010

LITERATURA TAMBIÉN ES CULTURA 2010




Con el conversatorio, “José Fernández Madrid, buscando la independencia”, realizado el pasado miércoles 15 de septiembre en la Casa de la Juventud del barrio Ciudad Modesto, el Taller Literario José Félix Fuenmayor inició por tercer año consecutivo el programa Literatura también es cultura.

Concebido con el objetivo de propiciar situaciones para asimilar a los autores literarios que han creado y expresado al Caribe colombiano, este programa, como las demás actividades del Taller, cuenta con el apoyo de la Secretaría de Cultura Patrimonio y Turismo de Barranquilla y en su desarrollo ha contribuido a la divulgación de escritores como José Félix Fuenmayor, Meira Delmar, Álvaro Cepeda Samudio, Héctor Rojas Herazo, Marvel Moreno, Raúl Gómez Jattin, Manuel Zapata Olivella, Luis Carlos López y Candelario Obeso.

José Fernández Madrid, buscando la independencia
Nacido en Cartagena (1789) y fallecido en Barnes, Inglaterra, en 1830, José Fernández Madrid es reconocido hoy día como uno de los primeros autores que asumió la estética del romanticismo en Colombia y Latinoamérica. Fue médico y presidente de la Nación, entonces llamada Provincias Unidas de la Nueva Granada. En desempeño de este último cargo, debió enfrentar la acometida del llamado Pacificador, Pablo Morillo, hecho que le costó el exilio y la incomprensión de buena parte de sus contemporáneos al verse obligado a renegar de su condición independentista. Sin este polémico hecho, sin embargo, no disfrutaríamos hoy día de su legado literario en el que se cuentan poemas como “La hamaca”, “Mi bañadera” y los dramas Atala y Guatimoc.

Próximos conversatorios



SEPTIEMBRE 29: JUAN JOSÉ NIETO O LOS ORÍGENES NEGADOS
HORA: 3 P.M.
LUGAR: Barrio Abajo, La Sala Teatro
DIRECCIÓN: Carrera 54 No. 52-36 Esquina
LOCALIDAD: Norte Centro Histórico

OCTUBRE 20: AMIRA DE LA ROSA... NO ES UN CUENTO ROSA
HORA: 3 P.M.
LUGAR: Barrio Nueva Granada IDETH
DIRECCIÓN: Calle 63 b No. 28-87
LOCALIDAD: Suroccidente

NOVIEMBRE 3: GERMÁN ESPINOSA, UNA CORONA DE ESPINAS
HORA: 3 P.M.
LUGAR: Salón Comunal Ciudadela 20 de Julio
DIRECCIÓN: Carrera 1 A No. 47-49
LOCALIDAD: Metropolitana

jueves, 26 de agosto de 2010

LA VISITA

Nuestro quinto "Cuento en cuestión" es obra de Fanny y se refiere a una mujer que espera mientras llueve. Como siempre, estaremos atentos a los comentarios que puedan surgir respecto a los distintos elementos del relato.

LA VISITA

Fanny Cecilia Martínez

En una habitación de su apartamento, recostada en un diván, Olga mira hacia un punto más allá del rincón, a la espera de una visita que, sabe muy bien, no llegará. Se levanta dirigiendo sus pasos a la ventana para mirar a través del vidrio, pretendiendo adivinar cuándo dejará de llover. Camina impaciente de un lado a otro del salón, se sienta encendiendo la televisión y observa que no hay señal. Apaga, justo cuando un rayo ilumina la habitación y se escucha retumbar un trueno. Resignada, se sienta en el mecedor con un libro mientras se intensifica la lluvia, hay tal oscuridad que debe encender una lámpara para continuar su lectura. Está tan concentrada en ella que al principio no escucha repicar el timbre de la puerta. Ilusionada se mira en el espejo acomodando un rizo de su cabellera. Al tercer timbrazo abre la puerta descubriendo decepcionada que son tres de sus vecinitos quienes la buscan, como tienen por costumbre, para que les haga unas crispetas en el microondas y jugar al parqués. Uno de los niños estira su brazo entregando el paquete de maíz pira. Entran sin pedir permiso, encienden la luz y se sientan en el piso para esperar la merienda al tiempo que abren la caja, sacan el tablero del juego y ponen las fichas en el lugar de partida, mientras juguetean una y otra vez con los dados hasta que el microondas anuncia que el maíz está listo. Se oye el chasquido de los hielos cuando caen en los vasos y el susurro del líquido gaseoso cuando Olga destapa la botella. El sonido hace que los chiquillos estiren sus cuellos y tres pares de ojos ansiosos miren hacia la puerta de la cocina por donde aparece la bandeja con el refrigerio. Olga los deja comer embolatando el juego –hoy no soporta las chácharas infantiles– recoge las fichas y el tablero, les dice que lo dejen para otra ocasión. Los niños protestan, están aburridos. Al más pequeño se le iluminan los ojos, se quita la ropa mientras convida a sus amigos a bañarse bajo la lluvia diciendo:

–Bobo el último.

Bajan las escaleras entre gritos y risas, metiéndose en el primer chorro que encuentran. Arriba, ella levanta del piso la ropa que han dejado mientras un vientecillo frío estremece sus carnes. Se da cuenta que los niños no cerraron la puerta al tiempo que una de las vecinas asoma su cara preguntando por Tommy. Olga aprovecha la ocasión para hacer entrega de las ropas infantiles mientras se despide de ella, cerrando la puerta con cuidado.

A través del vidrio de la ventana de la sala oye sus gritos y las risas que llegan opacas por el sonido del agua que cae inclemente. La brisa se hace más fuerte, Olga ve como inclina la lluvia con su poder y mece las ramas cuajadas de brotes del verde biche característico de esta época del año. Suspira percibiendo el olor de la tierra mojada. El cielo, le recuerda las motas de algodón, esta vez de un gris plomizo que se extiende hasta donde alcanza su vista y se desgaja en grandes gotas que vapulean con fuerza lo que encuentra. De repente, todo se ilumina, mientras un estruendo sobresalta a los temerosos.

En la calle, las gotas se unen formando un arroyo que crece ante la intensidad de la lluvia hasta impedir el paso de los vehículos. Se imagina el tamaño y se conduele de aquellos que no tienen un techo seguro bajo el cual resguardarse del temporal.

Le parece que la lluvia amaina un poco. Nerviosa, revisa por quinta o sexta vez su maquillaje, vuelve a mirar por la ventana del cuarto, esperando ver clarear el cielo. Revisa el celular, para ver si tiene llamadas perdidas y se da cuenta que tampoco tiene señal. Camina de un lado a otro, se sienta, se levanta nuevamente. Está sola. Un trueno retumba y la lluvia cobra intensidad. –Es un diluvio –piensa, mientras vuelve a sonar el timbre. Esta vez es la mamá de Andrés, el más pequeño. Busca una de las medias que él se quitó.

–Deben tener cuidado, con la tormenta eléctrica –advierte Olga a la vecina, bajando con ella para llamar a los chiquillos. En la terraza están las madres de otros niños que se unieron al juego, con toallas listas para envolver a los niños que ya tiritan de frío y tienen sus deditos arrugados por el agua.

Oscurece, la noche se acerca y la lluvia persiste en su intensidad, Olga resignada regresa a su apartamento, cambia su ropa por otra más cómoda y toma su libro reiniciando la lectura, sabe que nadie se atreve a salir en días como este. Pero, justo cuando está más concentrada, vuelve a sonar el timbre de su apartamento

miércoles, 4 de agosto de 2010

MATERNIDAD

Nuestro cuarto "cuento en cuestión" es obra de Luz Helena Arroyo. Participemos, entonces, en su análisis sin olvidar los elementos pertinentes (argumento, trama, narrador, personajes, ambiente, recursos literarios y lenguaje).

Maternidad

Luz Elena Arroyo Ruiz

Poco a poco me va cubriendo. Tierra en cada rincón. Está por todos lados, como mi madre. Escucho sus palabras suplicando perdón. No me interesa saber, no quiero enterarme. Su voz me recuerda que no pude escapar del ciclo: nacer, crecer, reproducirse y antes de morir, envejecer culpando a los hijos por lo que no pudo ser.

Mi hijo, él crecía en mi vientre odiando sus quejas al igual que yo. También me odiaba a mí. Me detestaba por someterlo a la pesadilla de repetir mi vida, podía sentir su rabia en cada movimiento, en cada malestar. Yo tampoco lo quería. Me fastidiaba como esta tierra que no logro quitarme de encima.

Empecé a desear que desapareciera para no soportar el sermón diario. Por su culpa debía aguantar a esa mujer que no dejaba de hablar. Caminaba de un lado a otro criticándome, recordándome todas las cosas que no podría hacer con un niño a cuestas. No perdía oportunidad para repetir “¡Te lo dije!”. Eso le daba cierto placer.

Estaba cansada de ambos, de su manipulación, sentía que me asfixiaban. Ella, que se creía más sabia que yo por el hecho de parirme. Y él, que seguía creciendo en mis entrañas.
No lo soportaba, quería volver a lo de antes, andar por ahí sin la cantaleta de mi madre y la barriga inflada como un globo.

Mi vecina me dio la solución anotada en un papel. Aunque un poco arriesgada por el tiempo de embarazo, era perfecta para recuperar la libertad que esos dos me habían quitado.

Funcionó bien, me deshice de él, pero ahora estoy aquí. Mi cuerpo no se mueve, mis pies no pueden llevarme lejos.

Deja de caer la tierra. Allá arriba, junto a los vivos, mi madre llora por nuestra ausencia.

lunes, 19 de julio de 2010

EL SEÑOR DE LOS DIENTES

Y aquí va nuestro tercer cuento en cuestión, de Angélica... No olviden comentarlo según los criterios propuestos (argumento, trama, narrador, personajes, ambiente, recursos literarios y lenguaje)

El señor de los dientes
Por: Angélica Rugeles

Cuando era pequeño, mi abuelo me arrancaba los dientes de leche con unos alicates, porque quería que me pareciera a un muñeco que él había visto en una feria. Yo intentaba calmarme, pensando que la llegada de los dientes nuevos pondría fin a mi sufrimiento. Sin embargo, mi hermana aseguraba que las cosas no sucederían de esa manera, sino que, por el contrario, mi abuelo nunca pararía de torturarme.

Crecí en un bosque, rodeado de animales. Mis padres vivían en otro país y mi hermana y yo nos quedábamos con mi abuelo.

A mis doce años ya tenía todos los dientes de hueso, y nada de lo vaticinado por mi hermana se hizo realidad. La acusé por mentirosa y le dije hasta el mal del que iba a morir por atormentarme. Ella simplemente volteó y me dijo en voz alta: «¡Eres un imbécil, en esa cabeza tan grande lo único que hay es aire!».

El día en que cumplí los dieciocho años, mi abuelo se acercó, me tomó de ambos brazos, me entregó una varilla de acero y me dijo: «Sujétala fuertemente, muchacho. Estaba esperando que te salieran las cordales para arrancarte todos los dientes otra vez».

viernes, 9 de julio de 2010

Las armas y las letras

Texto de nuestro director Antonio Silvera Arenas, publicado el pasado domingo cuatro de julio en la revista Dominical del periódico El Heraldo, a propósito de la celebración del Bicentenario de la Independencia de Colombia.


LAS ARMAS Y LAS LETRAS
por Antonio Silvera Arenas


En la fachada del reconstruido Palacio de Justicia de la capital colombiana, frente a la estatua de un Bolívar con atuendo de César y del edificio del Congreso con sus grifos tan fantásticos como los personajes que lo frecuentan, se puede leer la sentencia, también seguramente refaccionada, de Francisco de Paula Santander: “Colombianos, las armas os han dado independencia, las leyes os darán libertad”.

A estas alturas de la historia, es significativo que tales sean las reliquias de los padres de la patria: la de Bolívar, rotunda, de piedra y a espaldas del Capitolio; la de Santander, alta y atrapada en el muro monumental, como un condenado ante un paredón.

En mis años de estudiante de derecho, cuando pasaba ante el ancho dintel que lucía la filosófica sentencia antes de que un rocker y un tanque de guerra la borraran por primera vez, toda ella me parecía una contradicción.

Y es, en efecto, una contradicción porque las leyes son como cadenas que limitan nuestra libertad. Leyendo, sin embargo, algunos años después, las tragedias de los dramaturgos atenienses y los comentarios respectivos de Octavio Paz, entendí que el ser humano siempre está expuesto a traspasar los límites y las normas, y que la verdadera tragedia no ocurre cuando Edipo rompe el tabú y se casa con su madre, en quien engendra hijos e hijas.


miércoles, 30 de junio de 2010

ESTRATO SEIS

Y ahora el turno es para Claudia. Anímense a participar de acuerdo con los criterios propuestos: Argumento (originalidad y grado de interés de la historia), trama (orden de las acciones tal como aparece en el texto), conveniencia del narrador, grado de concretización de los personajes, idoneidad del ambiente (espacio y tiempo), pertinencia de los recursos literarios utilizados y lenguaje (propiedad léxica, sintaxis, puntuación y ortografía).

Estrato seis

Claudia Lama Andonie

Llevaba un buen tiempo queriendo acabar con su “problema de nervios”, así le llamaban. Ellos no querían cargar en la conciencia con su muerte así que cargaron con el peso de mantenerla sometida a la vida. Todo el tiempo estaba vigilada, no la dejaban sola ni un segundo hasta que una noche el sueño se volvió su cómplice. ¿Cómo saber si el sueño había vencido la vigilancia de su marido o si el marido se había dejado vencer o si se quiso hacer el vencido? No importaba, ella iba a aprovechar la oportunidad. Tenía que ser rápido y preciso no fuera a pasar lo de otras veces en las que le habían frustrado el intento.

La ventana estaba abierta para que entrara la brisa de febrero a refrescar. El níspero susurraba. Ella no gritó, lo que gritó fue el golpe y luego uno de sus hijos cuando se dio cuenta. No escuché ninguno de los dos, pero me los vinieron a avisar, a convertir un sueño tranquilo en vigilia de pesadilla. La policía llegó pronto, sin bulla. El marido se agarraba la cabeza mientras paseaba su angustia. Los hijos como perdidos en el acontecimiento. Alguno intentó un reproche al padre, pero fue silenciado enseguida. Adentro sólo se escuchaban pasos de un lado a otro y voces discretas. Afuera, un oficial hacía anotaciones, la camioneta blanca esperaba a que los hombres de blanco salieran cargando la plancha metálica con la bolsa negra. Después silencio, como si no hubiera pasado nada.

Supo caer desde la ventana de su cuarto en el segundo piso. Quedó allí, en el patio, desnucada bajo la sombra nocturna del níspero que arrulló su última voluntad. Así se mató mi vecina, la de al lado, la del marido adúltero que le metía en su propia casa a los hijos de las otras. La que protestó con un sonoro golpe una madrugada de febrero. A la que saludaba al salir de mi casa, la que se sentaba a ver jugar a su nieto en la entrada como cualquier abuela bonachona. La que vi algunas veces detrás de su ventana mirando a la calle con mirada de presa.