Con la publicación de este relato, elaborado por nuestro compañero Johnny Campo, retomamos nuestra sección "El cuento en cuestión". La intención de esta consiste en presentar textos previamente leídos en el Taller y, por tanto, ya objetos de al menos una revisión y, a continuación, hacer el taller de una manera virtual. Es decir, se trata de que los integrantes propongan sus comentarios con la intención de que el compañero o la compañera que ha creado el texto, los revise y valore en aras de que se enriquezca lo mejor posible. Es importante tomar en cuenta los elementos que deben revisarse: La originalidad del argumento, la trama o pertinencia del orden en que se nos presenta el relato, la propiedad de narrador escogido, la construcción de los personajes, el manejo y desarrollo del ambiente (tiempo y espacio), contundencia y originalidad de los recursos literarios (metáforas, símiles, etc.) y el lenguaje (la propiedad léxica, el orden de las frases y párrafos, la ortografía, por ejemplo). Los comentarios pueden referirse a alguno, varios o la totalidad de los aspectos citados. Esperamos entonces sus aportes.
Por Johnny Campo
Hoy me fugué. Si bien mi cuerpo, memoria y autoestima se han desgastado gradualmente con los noventa y pico años de vida que llevo encima, todavía me queda la costumbre, o más bien el último impulso, de celebrarle el cumpleaños a Ismael, mi difunto esposo. Con ese propósito desperté, sin importarme que aquello implicara un escape y una visita secreta al cementerio.
Salir del apartamento fue, casualmente, más fácil que salir del edificio. Mi hijo, el solterón, no fue un obstáculo porque se había ido temprano y sin despedirse, como de costumbre. Amparo, la que me cuida, quedó noqueada con una pastilla que le deslicé en el café. Pero el jovencito que cuida el edificio presentó un reto. El muy atrevido no quería conseguirme un taxi.
-Sería una irresponsabilidad de mi parte-dijo.
Pero un billete bastó para convertirlo en un alcahuete. ¡Pobrecito! A esa edad solo se piensa en dinero para el fin de semana.
En el taxi iba incómoda. El conductor no paraba de mirarme por su retrovisor. ¿Qué habrá pensado ese señor? A lo mejor nunca vio antes a una anciana tan anciana. De pronto sintió asco por las miles de manchas que han invadido mi piel. Pero creo que, más bien, le preocupó que su carrito estuviera quedando hediondo a viejo.
Es que a veces ni yo misma aguanto el olor a cuero humano percudido. Por culpa de la artritis, cosas tan sencillas como ir a la cocina o ponerme unos zapatos resultan increíblemente dolorosas. Pues bien, me resulta aún más difícil limpiarme las ranuras entre los cientos de pellejos colgantes que tengo.
El taxi me dejó en la entrada del cementerio. En ese momento mi cerebro arrugado me alertó algo: ¡no recordaba cual era la tumba de Ismael! Entonces me quedé asustada solo mirando el de pasto, flores y lápidas. Finalmente empecé a caminar.
El dolor de la rodilla empezó a los pocos minutos. Después me atacó el dolor de la cadera. Pero, como no había bancas cerca, seguí caminando parsimoniosamente.
Durante el recorrido vi tantos sepulcros que hasta me puse un poco triste recordando tantos seres queridos, aparte de Ismael, que he enterrado durante esta larga vida. Sin embargo, Ismael, quien ya nadie recuerda, es el que más extraño. A pesar de haber sido un desgraciado en más de una ocasión, también fue capaz de hacerme feliz en muchos momentos.
Continué andando. Con la sed que tenía, la boca ya me sabía al plástico de la dentadura postiza. Caminé, caminé, caminé. Ya hasta parecía que me arrastraba cuando finalmente di con Ismael.
Así llegué aquí. Ahora tengo la lápida de Ismael enfrente. El césped verdecito que cubre su sepultura parece un tapete. Empiezo a cantar “Feliz cumpleaños…”. Aunque ya no aguanto el cuerpo, ¡cómo me alegro de estar aquí! Amparo seguirá dormida. A lo mejor, una vez el jovencito que cuida el edificio se confiese, mi hijo vendrá a buscarme. Pero eso será cuando él se desocupe. Por lo pronto me acostaré en este tapete a descansar.